La política y el dolor ajeno. Mariano Rajoy, Tony Judt, Desmond Morris

Ustedes ya lo saben, así que seré breve: el otro día está Mariano Rajoy en Bruselas de “charla informal” con su homologo finlandés, Jyrki Katainen (traductor de por medio, claro. No sé cómo puede una charla ser informal así), momentos antes de iniciarse el Consejo Europeo, y le suelta eso de:

La reforma laboral me va a costar una huelga general

Y claro, se arma la que se arma. Que por qué nos tenemos que enterar de esas maneras, que por qué dice fuera lo que no se atreve a decir aquí, que qué falta de respeto hacia los españoles, etc. Recuerdo un colaborador del programa Asuntos Propios, de rne1, indignado por el tono en que lo dice: así, sin darle importancia, como quien comenta los gajes del oficio: “¿sabes el otro día lo que me pasó?”, “pues sí, ya ves tú”, “si es que estas cosas son así”, y tal.

Y claro, uno piensa que para esta gente, que son políticos de profesión, una huelga general es un gaje del oficio. Si eso fuera un congreso internacional de física, hablarían cada uno de sus experimentos. Si fuera de abogados, de los casos que tiene cada uno en su país. Como es un congreso de presidentes del gobierno, pues hablan de política, claro, pero no a la manera en que lo hacemos nosotros, sino con ese tonillo medio de resignación que les da la familiaridad profesional que tienen con el tema:

— ¿Qué tal las cosas por Finlandia?

— Así así. El otro día me grabaron un ministro haciendo cosas raras con un koala y lo he tenido que dimitir.

— Qué barbaridad. Pues yo estoy ahora con una reforma laboral que seguro que me cae una huelga que no veas.

— Hay que ver cómo está el patio últimamente. Ya verás como esto te gusta. En el bar hay 2×1 hasta las ocho.

Tony Judt, Fernando Vicente, política, moral, dolor

Tony Judt retratado por Fernando Vicente

No sé, cosas así. ¿Que qué me parece? Pues normal. Lo que me inquieta es el reverso de la moneda, cuando vuelven a sus respectivos países y se dirigen a los ciudadanos y estas cosas ya las dicen de otro modo: “es una situación grave”, “hemos tomado decisiones muy difíciles”, “tenemos que hacer sacrificios”, todo dicho con cara muy de circunstancias. Y claro, esos deslizamientos a la primera del plural dan qué pensar: ¿quiénes “hemos” tomado esas decisiones? ¿para quién son difíciles? ¿quiénes nos “tenemos” que sacrificar? Son declaraciones genéricas, bastante habituales hoy en día, que me hacen recordar algo que le leí el otro día a Tony Judt.

Judt es un historiador recientemente fallecido que, poco antes de morir, escribió dos libros sobre su presente y el de todos. Uno de ellos es Algo va mal y en él denuncia, entre otras cosas, el vocabulario pretendidamente ético que los políticos actuales han introducido en su discurso para reforzar sus argumentos económicos.

Cuando imponen recortes en las prestaciones sociales –cuenta Judt–, los legisladores estadounidenses y británicos se enorgullecen de haber sido capaces de tomar ‘decisiones difíciles’. Los pobres votan en mucha menor proporción que los demás sectores sociales, así que penalizarlos entraña pocos riesgos políticos: ¿eran tan ‘difíciles’ esas decisiones? Actualmente nos enorgullecemos de ser lo suficientemente duros para infligir dolor a otros.

Infligir dolor a otros. La expresión es fuerte, de las que se usan para hablar de violencia y crímenes. ¿La política de recortes y austeridad es violenta? ¿Recortar las pensiones supone infligir dolor a los más pobres? ¿Los políticos actuales hacen daño a quien menos tiene? No quisiera resultar demagógico pero creo que sí. Y claro, hacer daño no es fácil ni agradable, al menos para las personas no acostumbradas a la política y con un cierto grado de empatía. Pienso en la reciente ministra de trabajo italiana, Elsa Fornero, llorando al anunciar los recortes que van a realizar para ahorrar 25.000 millones de euros.

La ministra italiana Elsa Fornero llora al anunciar los recortes

La ministra italiana Elsa Fornero llora al anunciar los recortes

¿Por qué llora Fornero? Porque no está acostumbrada a la profesión del político. Es una persona con un perfil de carácter técnico, ajena al mundo de la carrera política, y para ella ni los recortes ni las huelgas son un gaje del oficio. No ha ido a clases de interpretación ni tiene asesores de comunicación que le expliquen cómo tiene que decir las cosas en público. No necesita parecer preocupada ni compungida porque, simplemente, lo está.

No me malinterpreten. Con esto no quiero decir que los políticos sean unos desalmados sin sentimiento ni capacidad de empatizar con los demás. Simplemente quiero decir que, desde que la política se vuelve una profesión que se enseña, el disimulo, el engaño y la apariencia forman parte intrínseca de ella. Habrá políticos con una mayor capacidad de empatizar con el dolor y el sufrimiento que están infligiendo a los demás, y los habrá con una capacidad menor. Pero en todos ellos se da, de manera inevitable, un cierto distanciamiento respecto a los problemas y el dolor que están padeciendo muchas de las personas para quienes gobiernan, sobre todo, imagino, en lo que respecta a políticas estatales o internacionales.

Esto me recuerda otra cosa que leí hace mucho tiempo: Desmond Morris es un zoólogo y etólogo inglés que, para mi sorpresa, todavía sigue en activo y publicando. En 1969 escribió El zoo humano, un libro en el que compara el comportamiento de los líderes políticos mundiales con el de los jefes de las tribus de primates. La conclusión es que no hay mucha diferencia: en muchos casos, los comportamientos políticos son de carácter irracional y obedecen a ciertas constantes primarias, de tipo instintivo, que se hallan presentes tanto en las tribus humanas como en las simiescas. Pues bien, Morris, que escribe en plena guerra fría, se pregunta cómo podría evitarse el peligro de una guerra global entra la URSS y los EEUU. Las guerras, dice Morris, tienen muchas ventajas para el dirigente moderno:

En primer lugar, no tiene que arriesgarse a que le dejen el rostro ensangrentado. Además, a los hombres que envía a la muerte no los conoce personalmente: son especialistas, y el resto de la sociedad puede continuar su vida cotidiana. (…) Y tener un enemigo exterior, un villano, puede convertir en héroe a un dirigente, unir a su pueblo y hacerle olvidar a éste las rencillas internas.

Human Zoo, zoo humano, Desmond MorrisLa posibilidad de morir es lo que modera las guerras que emprenden las tribus de primates, cosa que no sucede con los cabecillas de las supertribus humanasLa respuesta, por tanto, es sencilla: evitaremos la guerra global entre los dos países destruyendo los refugios nucleares de sus respectivos presidentes, exponiéndoles al peligro. A ninguno de los dos se le ocurrirá lanzar un ataque nuclear cuando sea su propia vida la que esté en juego.

De nuevo: resulta más fácil infligir dolor a los demás que a nosotros mismos. Extrapolando este razonamiento a la política del sufrimiento de la que estamos siendo objeto en estos días, ¿qué solución obtenemos? Los políticos se pensarían dos veces los ajustes si éstos les afectaran directamente: si sus familiares se quedaran sin trabajo y su sueldo se viera mermado. Si esa primera persona del plural que suelen utilizar respondiera a la realidad. Si las decisiones fueran “difíciles” también para ellos y la “dureza” de los recortes no fuera una simple metáfora.

Confieso que no me queda claro si esto es sentido común o demagogia barata. ¿Sería esto una solución? Resulta tan sencilla como difícil de llevar a la práctica, al menos mientras la política continúe siendo una profesión per se y existan la comunicación política y los asesores de imagen. Sí podría ser un punto de partida, una prueba más de la necesidad que tenemos hoy en día de replantearnos el sentido de la política y la función de los políticos. ¿Hay lugar para la compasión en la política actual?

[Precisamente de replantearse la política, de redefinir la socialdemocracia y de la compasión trata el libro de Judt, una especie de testamento político sobre el que me gustaría volver algún día en este blog. Las citas son de: Tony Judt, Algo va mal. Madrid, Taurus, 2011, p. 47; Desmond Morris, El zoo humano. Barcelona, RBA, 1993, p. 107].

Actualización (13/2/12). Curiosamente, poco después de terminar esta entrada me he encontrado con un interesante artículo sobre las lágrimas de Fornero. El ángulo es otro, claro. También me he encontrado con el anuncio de una reforma laboral que, me temo, causará dolor e indignación. Aquí unas reacciones en caliente sobre el asunto.

koala

Él nunca lo haría

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David Foster Wallace

Bueno basta. Me van a permitir un post sobre una lectura veraniega de esas que se te quedan: Hablemos de langostas, de David Foster Wallace. Se trata de un autor del que se habla bastante en internet (¿porqué los correctores de Word y de WordPress te obligan a escribir “Internet” así, con mayúsculas?) y está considerado uno de los principales exponentes de la novela contemporánea norteamericana, junto con Jonathan Franzen y Don DeLillo y alguno más. Ya se le cataloga (porque somos mucho de catalogar) como hijo de Thomas Pynchon y padre de Jonathan Safran Foer y, encima, se ahorcó con 46 años de edad, con lo que ya se imaginan el nivel de reverencia e idolatría. Vamos, que hay que leerlo.

Como soy contrahecho no he comprado una novela, sino una recopilación de artículos periodísticos titulada Hablemos de langostas. La temática es más bien heterogénea: uno te habla de Kafka, otro de los premios anuales de la academia americana de cine porno, otro de la campaña de John Mc Cain a las primarias del partido republicano, otro de una biografía de Dostoievski y así. Sin embargo, una serie de constantes temáticas recorren todo el libro y, sospecho, la obra de este novelista. Una es la imposibilidad hoy en día de tomarse en serio los Grandes Temas de la naturaleza humana, los valores e ideales que van más allá del reducido círculo de nuestros intereses egoístas. ¿Ven? Sólo hablar de “valores e ideales” ya da como repelús, uno piensa: “¿qué rollo me va a soltar este y con qué aviesas intenciones?”. Pues lo mismo le ocurría a Foster Wallace, y se preguntaba porqué.

David Foster Wallace

Foster Wallace con dos fans un poco inquietantes (Wikimedia)

Mc Cain, por ejemplo, es un candidato cuyas ideas el autor no comparte en absoluto. Sin embargo, le fascina su capacidad para hablar de “causas más elevadas que el interés personal” sin despertar una reacción de rechazo cínico entre el auditorio más joven. Le impresiona la cercanía del candidato, o mejor dicho, el hecho de que transmita una imagen de cercanía que no es percibida como “imagen de cercanía” (ideada por un equipo de asesores de imagen), sino que es real. Wallace no puede dejar de preguntarse si se trata de una ultra-cínica y sutil estrategia publicitaria, o de una simple realidad que un intelectual-tipo como él no es capaz de asimilar. Y eso porque el “intelectual-tipo” ya no es capaz de percibir “la realidad” sin más: necesita cubrirla de una pátina de ironía o escepticismo o ambas cosas, especialmente cuando parece apelar a valores e ideales que trascienden la mera esfera individual. El problema no es Mc Cain, es el propio Wallace.

Esto tiene implicaciones estéticas y literarias, que Wallace pone de relieve cuando comenta la biografía de Dostoievski escrita por Joseph Frank. Dice:

La biografía de Frank nos hace preguntarnos por qué parece que en nuestro arte necesitemos distanciarnos mediante la ironía de las convicciones profundas o de las preguntas desesperadas, de forma que los escritores contemporáneos tienen que convertirlas en bromas o bien intentar abordarlas bajo el disfraz de algo como la cita intertextual o la yuxtaposición incongruente.

Este alejamiento de los Grandes Temas hace que nuestra literatura esté lastrada por una pobreza temática inevitable.  Para Wallace dos incidentes en la historia de la literatura han propiciado esta situación:

1) Los viejos modernistas elevaron la estética (el estilo) al nivel de la ética (el contenido), motivo por el que “todas las Novelas Serias después de Joyce suelen ser valoradas y estudiadas por su grado de innovación formal”, dejando de lado las grandes cuestiones.

2) El posmodernismo (sea lo que sea) y la teoría literaria han impuesto a los novelistas “el requerimiento de la conciencia textual de uno mismo”. Es decir, que eso del narrador omnisciente en tercera persona ya no puede ser de ningún modo Literatura Seria: el autor tiene que mostrarse consciente de su condición de narrador, de la manipulación a que somete a sus personajes, etc. Ya saben: para ser postmoderno hay que usar intertextualidad y metalenguajes a tutiplén.

Portada edición española de Hablemos de Langostas. David Foster WallaceAhora es cuando ustedes sospechan que todo esto no es más que un truco para hablar por enésima vez de… la novela post-postmoderna (¡chachachán!). Así es, pero les juro que no era mi intención. Abro sólo un pequeño paréntesis: la consecuencia que Foster Wallace saca de todo esto es que hoy en día “la Literatura Seria ha de estar distanciada de la vida real”. Y la gran pregunta que me hago (es un decir) es: ¿supone la NP-P una vuelta de tuerca más en este distanciamiento o encarna, en cambio, el regreso a la realidad negada por el postmodernismo? Se trata, claro, de una realidad extraña como sólo la nuestra sabe serlo, bastante más difuminada e incierta que la de Galdós, pero realidad al fin y al cabo ¿no? ¿Supondrá, entonces, la NP-P el retorno de la literatura a los Grandes Temas, la posibilidad de apagar el “modo irónico” que llevamos siempre encendido? No creo que Wallace fuera ajeno a estas cuestiones: el ultimo artículo del libro, por ejemplo, convierte las notas a pie de página en una especie de enlaces a hipertextos bidimensionales (vamos, que la página está llena de flechitas y cuadritos de texto), lo que parece un remedo de post-postmodernismo (no sé ni si existe el término).

Bueno, cierro paréntesis: el caso es que si pasamos de las Novelas Serias a las Vidas Cotidianas notamos que el efecto es el mismo: nosotros también nos distanciamos de la realidad (esa de la que hablan los Grandes Temas, no el simulacro en el que vivimos sumergidos la mayor parte del tiempo). El motivo: nuestro escepticismo congénito hacia la gente que nos habla de ellos. La gente convencida de sí misma nos da cosica, el entusiasmo generalizado nos despierta deconfianza y ese tío tan simpátio cierta inquietud: “¿qué me quiere vender este tío?”, “a ver por dónde me la cuela”, “no se puede ser así en realidad“. No sé, por lo menos a mí me pasa. Consideramos la ideología como el campo propio de los vendedores que buscan siempre sacarnos algo. La misma palabra “ideología” ya tiene cierta connotación negativa. Por eso nos hemos vuelto demasiado cínicos como para tomarnos en serio los Grandes Temas.

Wallace se pregunta si no será culpa nuestra, por haber abandonado el terreno de juego en manos de fundamentalistas religiosos, teóricos de la conspiración y fanáticos de lo políticamente correcto. Yo añadiría que la publicidad, la mercadotecnia y las estrategias de comunicación nos han despojado de la posibilidad de tomar los Grandes Temas de manera abierta, sin ningún tipo de mediación cínica: si viene alguien enarbolando “causas más elevadas que el interés personal” desconfiamos de manera automática, buscamos qué se esconde detrás y, normalmente, lo encontramos. Por eso la literatura de hoy en día sólo puede hablar sin ironía de causas más bien bajas, de antihéroes y gente ocupada en sus pequeñas miserias.

Supongo que a Wallace le decepcionaba esta literatura y se preguntaba si valía la pena vivir en un mundo así.

[Los pasajes que cito están en David Foster Wallace, Hablemos de langostas (trad. de Javier Calvo), Debolsillo 2009, p. 334 y ss. Un par de enlaces interesantes sobre el escritor: aquí la reseña de Hablemos de langostas de Rodrigo Fresán para la revista digital Letras Libres; aquí la entrada que el blog El lamento de Portnoy dedica a Extinción, la última antología de relatos de Wallace]

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Agradecimientos varios

cadena ser castellonEl pasado domingo servidor hizo una aparición estelar (es un decir) en un reportaje sobre blogs emitido en el programa A vivir que son dos días de cadena SER Castellón. Se trata, sin duda, de un acontecimiento epocal, un momento culminante a partir del cual ya sólo cabe ir cuesta abajo.

Sin embargo, antes de iniciar un proceso de decadencia irreversible les voy a dejar un enlace al reportaje emitido, en el que me escucharán decir algunas cosas más o menos obvias y encontrarán también otros blogs la mar de interesantes made in Castellón.

El resto del programa pueden escucharlo en la web de Radio Castellón. Un sincero agradecimiento a Laia Ballester, periodista del ente, por su interés y profesionalidad. Estaba algo nervioso, como cualquier novato, pero dice que no se notó mucho.

Y ya que estamos saldaré una deuda pendiente desde hace demasiado tiempo agradeciendo desde aquí a los responsables del proyecto de investigación Transcribe Bentham, del University College de Londres, el eco que dieron en su perfil de Facebook al post que en su momento escribí sobre dicho proyecto. Amables palabras que no se merecen y que dan a éste, su blog amigo, una repercusión internacional que no supone más que el inicio de una imparable trayectoria ascendente hacia las más altas cotas de nulidad.

Pero vaya, que muchas gracias.

EnlaceReportaje sobre blogs de Castellón

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La novela post-postmoderna. Literatura en la era de internet (2a parte)

(Aquí la primera parte de este post)

Pues sí, más divagaciones sobre internet, literatura y esa novela post-postmoderna hecha a base de tuits y vídeos de youtube que no sabemos cómo será ni si revolucionará la literatura o acabará con ella o vaya usted a saber.

Servidor concluía el post del otro día diciendo que la novela post-postmoderna que revolucionará la historia de la literatura seguramente no la veamos usted y yo, y si la vemos probablemente ni nos enteremos, un poco como pasó con El Quijote. Esto es un truco para crear expectativas, claro, y seguramente usted no habrá podido dormir en todo este tiempo pensando “¿a qué venía eso del Quijote?”, “¿y lo de Teddy Bautista no es fuerte o qué?”, “y ahora que en el súper me cobran por las bolsas de plástico…”, y cosas así. Pero la analogía tiene su sentido, no crea. Le cuento.

Convengamos que El Quijote constituye el inicio de la novela moderna. Pues resulta que, además, el Quijote fue un éxito de ventas en su época, tanto que le salió un imitador, el Quijote de Avellaneda, que el mismo Cervantes mencionó en la segunda parte de su obra, escrita, entre otras cosas, para ganarse unos buenos dineros visto el éxito de la primera. ¿A qué se debió este éxito?

Pongámonos en situación: a la plaza de una pequeña ciudad de inicios del siglo XVII llega un comerciante de libros para vender su preciado cargamento. Se le acerca un hidalgo, un artesano o algún otro habitante de la ciudad más o menos letrado y ve un ejemplar del Quijote.

Vaya -piensa-, la obra que inaugurará el género de la novela moderna. Voy a echarle un vistazo.

No, ¿verdad? Lo más probable es que piense:

Vaya, el libro en el que sale un chalado que se cree caballero y va por ahí liándola parda. Voy a comprarlo a ver si me echo unas risas.

Juan de Jauregui. Retrato de Miguel de Cervantes

Retrato de Cervantes por obra de Juan de Jáuregui, 1605 (vía Wikimedia)

Porque el Quijote era eso: una broma, una chanza, echarse unas risas a costa del género literario más famoso de la época: el de la novela de caballerías. Lo de la modernidad literaria y el clásico de la literatura universal y los dispositivos de metaficción y demás ya vino después, porque los profesores de literatura de algo tienen que vivir. Para un habitante del siglo XVII el Quijote era un entretenimiento con el que todo el mundo se reía a costa de los dos pobres desgraciados que lo protagonizaban. Quiero decir con esto que nadie tenía conciencia de que la imprenta debiera dar lugar a un género que le fuera el más propio, ni de que éste debiera revolucionar la historia de la literatura. Nadie pensaba cosas del tipo: “con lo novedosa que es la imprenta a ver cuándo aparece la primera novela moderna e iniciamos así una nueva etapa en la historia de la literatura”, y por lo tanto nadie caía en la cuenta de que precisamente el Quijote era esa novela. Por eso digo que la novela post-postmoderna podría estar delante de nuestros ojos y no la veríamos. Aunque no creo que sea el caso.

El mismo Cervantes no debía estar pensando en estas cosas cuando escribía su obra más conocida. No le veo, por ejemplo, teniendo una visión en sueños que le diga:

Miguel (porque las visiones son más de tutear), tienes que escribir la obra fundacional del género de la novela moderna

Y el hombre levantándose de repente para llevar a cabo su misión literaria. Le veo más bien puteado porque ha sido soldado, a perdido un brazo en Lepanto, ha sido esclavo en Argel durante cinco años, y lo que quiere es ganarse la vida sin tener que jugarse el otro brazo y, a poder ser, acumular algo de dinero. Ojo, pretensiones literarias no digo que no tuviera, como tampoco le voy a negar ningún merito al Quijote. Pero se daban bajo la forma de la sabiduría que da el tener mucho arte para escribir y para leer, contar con mucha vida a las espaldas y haberla meditado bien.

Ahora, sin embargo, sí hay conciencia de que internet es un medio revolucionario que debe dar lugar a un nuevo género literario. Se habla del tema, y eso es raro. Tenemos una excesiva conciencia de la novedad que supone internet y, al mismo tiempo, no somos capaces de crear algo hecho enteramente “de internet”. ¿Por qué? Pues porque uno no puede sentarse ante el ordenador diciéndose: “voy a componer la primera novela post-postmoderna… mi nombre aparecerá en los manuales de literatura… ¡muahahaha!”, y hacer algo medianamente decente. ¿Motivos? Se me ocurre uno: permanecemos indefectiblemente fieles a los esquemas aprendidos del papel.

Emblema de los impresores, de Jodocus Badus Ascensius, 1520 (vía Wikimedia)

Fíjense en una cosa: se escribe todavía más de internet que desde internet; se dedican más blogs a hablar de todo lo que la red puede dar de sí (herramientas, gadgets, aplicaciones, utilidades) que a hacer algo concreto con ellas; intuimos lo que se puede hacer con la tecnología digital, pero no estamos dotados para llevarlo a cabo plenamente ¿No es un síntoma que los blogs más influyentes de la red estén dedicados a temas relacionados con esa misma red? Es como si los libros más influyentes hablaran de cómo se hace el papel, o de nuevos sistemas de encuadernación, o de las editoriales más famosas. Somos extrañamente conscientes de la novedad y la importancia del nuevo medio a cuyo nacimiento hemos asistido, no paramos de hablar de él, pero no somos capaces de crear desde él, de la manera que le es más propia, siguiendo sus reglas. El medio puede que esté técnicamente desarrollado, pero nosotros no.

Es algo de lo más normal. Como decía en el otro post, las tecnologías digitales pueden cambiar muy rápido pero nosotros seguimos siendo los mismos. Lo que hacemos con internet todavía se parece mucho a lo que hacíamos en papel, y este blog es un buen ejemplo. De la misma manera, los primeros libros impresos imitaban en su tipografía la grafía y el aspecto de los manuscritos. Ese medio revolucionario que era la imprenta de tipos móviles tenía un potencial enorme, pero no podía desplegarse enteramente hasta que los ojos y las cabezas de la gente de entonces no se hubieran acostumbrado a una nueva manera de escribir, editar, imprimir y vender un libro.

Desde que Gutenberg inventó la imprenta hasta que se publicó el Quijote pasaron 155 años, y yo no me creo ni mejor ni más dotado que la gente de entonces. ¿La novela post-postmoderna? Me temo que todavía se hará esperar un poco.

PD. Una curiosidad elocuente: por lo visto los primeros libros publicados en cada idioma son en su mayor parte obras banalísimas que no están, desde luego, a la altura del medio en el que vieron la luz. Porque nadie estaba pensando en eso, claro.

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Un par de cosas que tal vez sé sobre periodismo ciudadano

El periodismo ciudadano es eso de que hoy en día cualquiera crea un blog y se pone a informar sobre un tema que le interesa (ejem), o cuelga una foto en Facebook en la que aparecen Rubalcaba y Chacón montándoselo y es portada de El Mundo, o tuitea en directo la jornada electoral de su pueblo y al día siguiente le apedrean por la calle.

Últimamente me he visto envuelto en varias discusiones en torno al periodismo ciudadano: qué es, en qué consiste, está bien, está mal, me da igual, etc. Las posiciones varían, en gran medida, según la profesión de cada uno de los participantes en el debate. Así, los profesores de periodismo (sobre todo si son jóvenes o están envueltos en proyectos sobre las nuevas tecnologías de la información) suelen mostrarse bastante receptivos al periodismo ciudadano. La gente que no es periodista también suele mostrarse partidaria de este nuevo fenómeno. Para ambos se trata de un modelo de periodismo que se impondrá en el futuro y cambiará las cosas para mejor.

Nick Riviera

Su periodista amigo

Por su parte, los periodistas currantes o pretendientes a tal suelen mostrarse bastante más críticos con el fenómeno. Lo ven como un acto de intrusismo profesional en el que unos aficionados suplantan su labor sin tener la preparación específica necesaria. Es común el ejemplo del médico. Suelen decir: “Yo quiero que mi médico sea licenciado y haya hecho sus examenes y su MIR y sus guardias en hospitales. Si me viene un doctor Nick Riviera diciéndome que es médico ciudadano probablemente huya (a menos que me apellide Simpson). Pues con el periodismo pasa lo mismo: no es fiable la información que me da un señor que pasaba por ahí sin haber estudiado la manera adecuada de contrastar y transmitir dicha información”.

La verdad es que cada una de las posiciones cuenta con argumentos bien fundados, pero lo que las explica no es tanto el argumentario como las circunstancias de quien lo maneja: un profesor universitario no tiene problemas en aplaudir el periodismo ciudadano porque no es su puesto de trabajo el que está en juego si dicha práctica se extiende. Alguien que no es periodista ve en él una ocupación más que añadir a su currículum; piensa: “hey, mi blog sobre películas de zombies es un claro ejemplo de periodismo ciudadano“. De esa manera pasa de ser un friki que pierde el tiempo en internet a convertirse en un periodista en ciernes.

Por su parte, alguien que se ha tirado cinco años para sacarse la carrera de periodismo no puede más que estar en contra de este tipo de práctica: su futuro, ya de por sí precario, se vuelve cada vez  más incierto a medida que el invento del periodismo ciudadano se generaliza y la gente acude a él para informarse. Esto último preocupa igualmente a un redactor que trabaja en un periódico y que ve cómo el blog del chaval aficionado al cine le quita trabajo en la sección de cultura, o cómo el tío que tuitea que se oyen tiros en casa de su vecino Osama recibe más atención que cualquier corresponsal enviado por el periódico.

Muy bien, pero más allá de la situación de cada uno, ¿el periodismo ciudadano mola o no?

Pues depende de lo que cada uno entienda por periodismo. Estos dos últimos casos suelen definir periodismo como “esa cosa que se estudia en la facultad de periodismo”, y periodista como “señor que tras tirarse cinco años haciendo exámenes en dicha facultad recibe un título”. Desde este punto de vista, el que tuitea lo de Osama no es periodista ciudadano, y con razón; el chaval del blog de zombies tampoco.

Ahora bien, si por periodismo entendemos “dar información de actualidad de manera veraz, contrastando las fuentes y con un estilo eficaz desde el punto de vista comunicativo”, la cosa cambia. El vecino de Osama sigue sin ser periodista, pero el chaval del blog de zombies sí puede serlo si mantiene al público al día y hace su labor de manera honesta y eficaz (periodismo cultural, ni más ni menos). Curiosamente, muchos periodistas de carrera caen fuera de esta definición cuando esconden publireportajes bajo el rótulo de información, presentan programas infumables en televisión o emiten imágenes de disturbios en Grecia diciendo que son de manifestaciones españolas (no miro a nadie).

Viñeta de El roto. Periodismo, propaganda, manipulación

Viñeta de El roto, claro (vía El País)

Hay un cambio radical entre uno y otro criterio: el primero viene a decir que periodista se es, mientras que el segundo afirma que el periodismo se hace. ¿Qué quiere decir esto? Pues que se es periodista únicamente cuando se transmite la actualidad de manera veraz, independiente y eficaz, y que no se es periodista cuando se hace otra cosa, por mucho título que tenga uno. No se es periodista, sino que se hace periodismo. Ahora bien, hacer periodismo no es fácil ni sencillo, ni en papel ni en blog, ni en ciudadano ni en súbdito, ni por uno mismo ni para El País. Haberlo estudiado durante cinco años supone aprender una serie de métodos, prácticas y técnicas que seguramente ayudan a hacerlo bien, pero ni es necesario ni, en algunos casos que vemos por la TDT, suficiente: se puede ser periodista sin haber cursado periodismo, de la misma manera que se puede ser escritor sin haber hecho un curso de escritura creativa, o ser filósofo sin haber cursado la carrera de filosofía. Lo que cuenta es el resultado.

El nivel del blog del chaval que escribe sobre pelis de zombies puede superar fácilmente el de las noticias sobre ese género en un periódico generalista, sobre todo ahora que la mayoría han decidido combatir la crisis a base de despidos y reducción de costes, es decir, reducción de calidad informativa. Esto, que en mi opinión lleva a acelerar su desaparición, conlleva también la desaparición de un modelo de periodista: ese periodista todoterreno que escribe de lo que sea  (normalmente bajo unas condiciones de trabajo esclavistas) y lo hace bien, pero sin ser especialista en nada concreto. Su futuro es cada vez más incierto con esto del periodismo ciudadano.

Y mientras en internet la gente escribiendo gratis y quitándole el trabajo. ¿Por qué lo hacen? Imagino que habrá tantas respuestas como blogs. ¿Es eso periodismo? La pregunta correcta es si hacen periodismo, y mucho sí lo hacen, nos pareza bien o no, nos dé más miedo o menos.  En internet una persona puede tener la misma difusión que un gran periódico. El periodista tiene la oportunidad, por primera vez en la historia, de escribir directamente para un público masivo, de contactar inmediatamente con fuentes de todo el mundo y de hacer periodismo de calidad, libre de ataduras empresariales. Supongo que por eso se dice que estamos en un mal momento para los periódicos, pero uno muy bueno para los periodistas.

La cuestión es cómo aprovecharlo.

PD. Aquí un ejemplo: un periodista que hace periodismo del bueno y dice cosas más interesantes que yo sobre periodismo ciudadano.

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Excavando en los datos. Más proyectos sobre Humanidades Digitales

El viernes pasado el National Endowment for the Humanities de EEUU albergó la primera sesión de las conferencias Digging into Data Challenge. Esto último, que en español se traduciría con el lamentable nombre de “Concurso de Excavación en los Datos”, o algo por el estilo, consiste en una competición internacional que premia cada año a proyectos punteros en el ámbito de las humanidades digitales. En las conferencias se han presentado los ocho proyectos premiados este año, en los que colaboran investigadores académicos y programadores para desarrollar estrategias y herramientas digitales que permitan afrontar problemas relativos a ámbitos como la historia, la lingüística o la musicología, cuya solución requiere poder manejar enormes cantidades de datos. Jennifer Howard escribe una entrada sobre el primer día de conferencias para el blog Wired Campus del diario digital The Chronicle of Higher Education. Así introduce uno de los proyectos ganadores:

¿Cómo podemos rastrear los patrones de la comunicación científica durante la Ilustración? Las cartas son una buena manera de hacer un seguimiento de la circulación de las ideas. Uno de los proyectos, Digging into the Enlightenment: Mapping the Republic of Letters, ha rastreado y hecho un inventario de miles de cartas enviadas por personalidades de la época. De ese modo puede generar un mapa que permite visualizar quién escribió a quién y dónde.

Grabado de Voltaire por Baquoy

Voltaire escribiendo su primera carta. Le quedaban 17999 (grabado de Baquoy. Fuente: Wikimedia)

Piense, por ejemplo, que sólo Voltaire escribió más de dieciocho mil cartas a lo largo de su vida. El sistema de información geográfica de que se sirve este proyecto permite ver la forma de esa correspondencia, el dibujo que ésta traza sobre el mapa de Europa. Es decir: permite ver cuál era el diseño de la república de las letras de verdad, la hecha de papel y tinta, más allá de los ideales universalísticos expresados en los libros de los ilustrados. “Ver” una correspondencia prolongada a lo largo de decenios constituye una forma de conocimiento que, valga lo que valga, es única y específica del medio digital. Jamás hubiéramos podido verlo con los medios de investigación tradicionales.

Anaclet Pons ya ha dedicado un par de entradas de su blog a este proyecto (aquí una general, donde menciona otros proyectos; aquí una más específica del pasado mes de Febrero) . Algunos datos que proporciona resultan bastante sorprendentes, como por ejemplo la escasez de intercambios epistolares entre Francia e Inglaterra. Como señala Dan Edelstein, uno de los investigadores principales del proyecto:

La narrativa común es que la Ilustración comenzó en Inglaterra y se extendió al resto de Europa. Se podría pensar que si Inglaterra era ese manantial de tolerancia y libertad religiosa habría habido ahí un interés más continuo de lo que muestra nuestro mapa de la correspondencia.

Por su parte, el setenta por ciento de los corresponsales de Voltaire se encontraban en Francia. Sólo el uno por ciento de su correspondencia se dirige a Inglaterra, e incluso allí se escribía con personas que no son de importancia histórica para nosotros. En Inglaterra Voltaire no estaba conectado a la red.

En las conferencias se pusieron sobre la mesa preguntas relevantes sobre la metodología y la filosofía de este tipo de investigaciones, así como sus futuras posibilidades. Jennifer Howard resume algunas:

¿Cómo pueden tratar los estudiosos la enorme cantidad de datos que la humanidad está generando? ¿Pueden los metadatos dar fe del contexto específico y el detallismo individual que ha impulsado tantas investigaciones en ámbito humanístico? ¿Son los datos de laboratorio menos útiles que los datos recogidos en el mundo real -fragmentos de grabaciones de voz captadas en línea para el análisis lingüístico, por ejemplo? ¿Y cómo construyen los informáticos y los académicos herramientas que hacen cosas nuevas, pero no hasta el punto de ser tan elaboradas que son inútiles?

Sinceramente, esta última pregunta se me escapa. Howard habla de “tools that do new things, but not to the point of being so fancy they’re useless”. Es algo así como un investigador que llama al experto en computación:

–Michael, vamos a crear una herramienta de investigación que lo van a flipar los del concurso de excavación en los datos. Habla con los de Apple y los de Google… No, con el tío ese de Facebook no.

(Diez meses después suena el teléfono).

–Joder Michael, te has pasado. Es tan elaborada que no me sirve. ¡Necesitamos algo peor! Hazla tú mismo con el Excel a ver.

El problema soy yo que no lo pillo, claro, pero déjenme poner chorraditas que así soy feliz.

Imagen de la correspondencia de Voltaire

Imagen de la correspondencia de Voltaire

[Más info: Mapping the Republic of Letters es la página web de la base de datos del proyecto, donde pueden visualizar la correspondencia de multitud de personajes de la Ilustración. La página está hecha con un notable sentido del humor y desprecio por las leyes de la legibilidad. Aquí pueden consultar la base de datos de manera más cómoda. Aquí pueden consultar una lista de los ocho proyectos sobre humanidades digitales presentados en las conferencias. Las declaraciones de Edelstein son una mezcla hecha de las aparecidas en los blogs de Pons y Howard ya mencionados.].

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La novela post-postmoderna. Literatura en la era de internet (1a parte)

Hace unos días, en un post sobre Dublinesca y el futuro del periodismo dejé un hilo suelto bajo la forma de pregunta más o menos retórica:

¿Una novela post post-moderna hecha en la red a base de enlaces, imágenes, entradas de post, de Twitter, etc. sería una genialidad o un engendro?

La conclusión era que ni idea. Mi amigo Paco, gran conocedor de la historia del delirio audiovisual, me comenta que existen varias novelas escritas en forma de intercambio de e-mails. Una de ellas, que se convirtió en un best-seller allende los mares, se llama e y está escrita por un tal Matt Beaumont, escritor muy famoso en Amazon (y sí, Paco me confirma que  es un engendro). En España la han publicado con el título E-mails (no sea que con solo una “e” no pillemos de qué va el asunto). Yo conozco el caso de Contra el viento del norte, novela del escritor austríaco Daniel Glattauer que ha sido un éxito editorial tanto en su país como en Alemania. La verdad es que el título de esta reseña (“El amor en los tiempos del e-mail”) ya me quita las ganas de leerla, pero vamos, que no puedo opinar porque no conozco ni una ni otra.

Amistades Peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos

Ilustración de Charles Monnet para la edición de 1796 de 'Las amistades peligrosas' (vía Wikimedia)

El caso es que estos títulos, lejos de ser post-postmodernos, utilizan un mecanismo narrativo tan viejo como el género novelístico. Realizan una adaptación a los nuevos tiempos de la novela epistolar, género que, curiosamente, nace en España en 1553 con la obra Proceso de cartas de amores, de Juan de Segura (el reseñista aquí habría de titular “El amor en los tiempos de las palomas mensajeras”, o algo así). Sin ser un especialista, creo que este género conoce su mayor auge en el siglo XVIII, cuando se publica uno de sus títulos más famosos: Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos, éxito editorial que ha sobrevivido hasta hoy. Siempre me hizo gracia que Jean-Jacques Rousseau se subiera al carro de esta moda literaria con su novela Julia, o la Nueva Eloísa, un tocho de tropecientas páginas en el que el filósofo ginebrino cuela de tapadillo algunas de sus teorías acerca del individuo y la naturaleza (recuerdo varias cartas dedicadas a comparar los jardines ingleses con los franceses, metáforas del individuo y el estado natural y esas cosas). Es como si hoy en día a Peter Sloterdijk o Slavoj Zizek les diera por escribir una novela histórica, o dibujar un manga, o dirigir una peli de zombies. Sí, para echarse a temblar.

Precisamente Sloterdijk dejaba en una entrevista reciente en El País unas declaraciones que, más allá de su sentido inmediato, reflejan el problema o, tal vez mejor, el miedo que internet produce a los escritores más reconocidos. Hablando del panorama literario de Alemania (“no tenemos un escritor equivalente a Don DeLillo o Philip Roth, pero Martin Walser está a la altura de Updike“), dice este filósofo:

Internet es una revolución tan importante como la que produjo Gutenberg con la imprenta. Es cierto que los escritores siempre fueron una minoría, pero hasta ahora fueron una feliz minoría: seguían ocupando un lugar central. Habrá que ver si esa minoría de escritores, en un mundo que se rinde a Lady Gaga, seguirán siendo felices o empezarán a sentirse desdichados

El redactor del periódico eleva al rango de titular de la entrevista un comentario hecho de pasada (seguramente buscando el clic del internauta), así que tampoco puedo opinar mucho, pero lo de que el escritor ocupe un lugar central será en Alemania, digo yo. ¿Está fundamentado este temor? ¿Concierne al futuro de la literatura o al de los escritores? Si desplazamos el punto de vista del estatus social de los escritores al futuro de la novela ante internet, creo que los tiros van por donde dice Juan Francisco Ferré, escritor y ensayista versado en esto del post-postmodernismo. Dice este señor en una entrevista para el diario El Sol que la novela se juega en el terreno de la realidad, sea esta la que sea. Si la realidad actual es internet, es decir, es virtualidad y ficción, entonces el novelista debe rendir cuentas de este extraño simulacro en el que nos ha tocado vivir:

La realidad se muestra alterada por los medios tecnológicos de producción y reproducción de realidad y la literatura, para no sucumbir y desaparecer, debe asumir de un modo creativo los procedimientos y las técnicas de esos medios tan influyentes para ser fiel a esa nueva realidad.

No es posible, por tanto, ser fiel a la realidad, vocación principal del realista, si se ignora la influencia de lo virtual y lo digital en la configuración de eso que por pereza aún llamamos así. Para practicar la mímesis en la actualidad se hace imperativo, por tanto, incorporar las trazas del simulacro que impregna todos los ámbitos de la realidad.

El gran desafío para el escritor consiste en saber si debe seguir siendo fiel a la literatura tal y como ésta ha sido entendida a lo largo del siglo veinte o si debe ser fiel a la realidad como se presenta ésta a comienzos del nuevo siglo.

Benito Pérez Galdós pintado por Joaquín Sorolla

'Con el euro ya nadie se acuerda de mí' (víaWikimedia)

Ojo. Ya no hablamos de aplicar viejos esquemas literarios al mundo de las nuevas tecnologías, sino de “asumir de modo creativo” procedimientos y técnicas propios de esas tecnologías para crear esquemas radicalmente nuevos, por lo menos si se quiere permanecer tan fiel a la realidad como Benito Pérez Galdós hace siglo y medio. Es decir, que si soy un escritor realista me tengo que marcar una novela a base de tuits, e-mails, infografías, enlaces y demás y meterla en internet, tal que la lee don Benito y el bigote le combustiona de manera espontánea (lo recordarán, el bigote, por los antiguos billetes de mil pesetas).  Por cierto, que lo de “la lee” es un suponer: queda la cuestión de si la literatura fiel a la nueva realidad se leería, tal como entendemos el término; si continuaría perteneciendo al género de la novela.

Como digo, yo no tengo ni idea del tema: todo esto no es más que una elucubración un poco exagerada sobre aquello que no llego a imaginarme. Tal vez nadie pueda hacerlo todavía. El mismo Ferré se marca unas novelas, por lo visto, bastante rompedoras, pero que no por eso dejan de estar escritas con tinta, estampadas en papel y vendidas en las librerías. Y esto no es un reproche, ni mucho menos: la mayoría de los que andamos por el mundo nos hemos creado en la cultura del libro, y nuestro punto de vista (sobre las nuevas tecnologías o sobre lo que sea) no puede deshacerse de ese estrato histórico sobre el que se asienta. Estamos hechos de actos como pasar una página, leer de izquierda a derecha y de arriba abajo, cosas así. El mundo puede cambiar muy rápido, pero nosotros no tanto. Por eso creo que la novela post-postmoderna que revolucionará el mundo de la literatura (o se lo cargará, o a saber) no la veremos usted y yo, y en caso de verla ni nos daremos cuenta de que está ahí. Un poco como pasaba con El Quijote.

(continuará)

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