Las guerras del lenguaje, o la importancia de decir las cosas

El director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, no se olvida de que también ha sido director de la RAE y dice que hablamos un español “zarrapastroso”. Lo cual es cierto. Cuando le preguntan si es casualidad que la degradación de un país y la de su lenguaje vayan de la mano, recuerda que

El fascismo cambió el lenguaje para dar idea de camaradería, y los regímenes totalitarios tratan de borrar ciertas palabras. Somos lengua, un Estado es lengua, de ahí que la cultura no sea un adorno, sino algo que nos constituye y nos hace.

Y de ahí que sea tan grave lo que este Gobierno está haciendo con la cultura ante la mirada impasible de la mayoría, que aceptamos tácitamente que hay que recortar y, por lo tanto, arte y cultura y divulgación –que son secundarios y solo sirven para hacer bonito–, tienen que ser las primeras víctimas de la tijera.

Nicolas Maquiavelo, Niccolo Machiavelli

1. Nicolás Maquiavelo recordaba, hace unos 500 años, uno de los errores que cometió la Iglesia Católica respecto la cultura clásica romana: hablar su mismo idioma. El hecho de no abandonar el latín sino, al contrario, apropiárselo como el idioma oficial de los eruditos y letrados, permitió que durante el Renacimiento se volviera a los textos de los filósofos y naturalistas paganos y se divulgaran ideas con tintes herejes, como la teoría de los mundos infinitos de Giordano Bruno o la interpretación circular de la historia del mismo Maquiavelo.

Según el pensador florentino, los antiguos romanos sí cancelaron de la memoria colectiva el idioma de los etruscos, antiguos pobladores del Lacio, consiguiendo con ello su efectiva aniquilación. Nadie lograba descifrar, siglos después, las inscripciones que dejaron en lápidas y estelas. Sus mismos descendendientes eran incapaces de entender la cultura de sus antepasados. Conclusión: la victoria definitiva sobre el adversario no se da en la guerra, sino en el campo de batalla de la memoria y la cultura. El arma definitiva, ahí, es el lenguaje. El imperio romano era, también, el imperio del latín.

La Iglesia se sirvió de este idioma y, con ello, perpetuó la cultura romana clásica. En la Edad Media la Inquisición, sabedora de la imposibilidad de cancelar el latín, se conformó (es un decir) con el hecho de que lo hablara un reducido número de personas. Ante la invención de la imprenta, el control de las traducciones de los textos clásicos se volvió el arma fundamental para mantener el adoctrinamiento dogmático de la mayoría de la población.

2. Teniendo esto en cuenta, creo que es difícil sobrevalorar la importancia del lenguaje. El lenguaje cotidiano –escrito en e-mails y periódicos, el que se habla en la calle y el que escuchamos en el telediario– incide en la calidad de la cultura. El olvido de ciertos términos, o la falta de precisión, tiene costes que no son solo culturales.

Ahora es cuando viene el de siempre con aquello de que…

a mí estos viejunos de la Academia no me tienen que decir cómo hablar mi idioma. Yo hablo como quiero y el lenguaje es un ser vivo que evoluciona y no vamos a estar hablando como si fuera el siglo XIX y qué se creen y tal y tal…

Por supuesto, cada uno es libre de hablar y escribir como quiera, pero ¿porqué damos por sentado que hablamos “como queremos”? ¿Somos realmente libres cuando elegimos usar un término y no otro? En la actualidad puede que no exista la Inquisición como tal, pero siguen operando mecanismos de censura y autocensura que, propagados desde determinadas instituciones, distorsionan el lenguaje y, con ello, nuestra percepción de la realidad.

Uno de estos mecanismo es la corrección política. Otro, las modas lexicales. Es cuando, de repente, empezamos a oír por todas partes, sin saber porqué, expresiones como “poner en valor”, “veremos a ver”, “emprendedurismo” o “la marca España”. Son expresiones feúchas y, en muchos casos, no son inocuas. Un ejemplo: cierto discurso político ha adoptado el término “la marca España” como excusa para anteponer la “buena” imagen de nuestro país en el extranjero a las necesidades y problemas de sus ciudadanos. En este sentido, entender España como una marca justifica la sumisión y el consentimiento hacia aquellas medidas que muchos consideramos injustas para lograr, así, una buena imagen del país –que sería el valor más importante.

marca españa

Dice Cinco Días que ‘La Roja anima el consumo y reactiva la marca España’. Me quedo más tranquilo.

“Marca España” es un término propio del márketing que, de manera subrepticia, introduce en nuestra mente la idea de que España es un producto con un determinado valor, una fábrica cuyo fin es vender en el extranjero. ¿Qué vende? Cualquier cosa: la imagen del país, sus empresas, incluso las personas que lo habitan. Nosotros mismos, se nos dice, tenemos que ser marca. Cualquier cosa es susceptible de objetivarse y convertirse en mercancia bajo el prisma comercial que encierra el término. Nos olvidamos, así, de que antes que una marca España es la suma de sus ciudadanos y el objetivo último de sus gobernantes no es vender, sino garantizar un estado del bienestar. ¿Que una cosa lleva a la otra? Puede, pero no siempre, y eso no hay que perderlo de vista.

3. En septiembre tres profesores publicaron en El País un buen artículo sobre la ocupación del lenguaje perpetrada por la clase política actual mediante la creación y propagación de determinados conceptos. Ejemplos: el manido “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” o “hay que lograr la confianza de los mercados” –expresión que personaliza y dota de sentimientos a un ente anónimo como el mercado, cuyo único objetivo es ganar dinero.

También está lo de “España está haciendo los deberes“, que nos describe como malos estudiantes que tienen que aplicarse para pasar una reválida. La expresión transmite un cierto paternalismo (esos padres que obligan a los hijos a hacer los deberes por su bien) y nos infunde la idea de que nos hemos portado mal y estamos pasando un mal necesario para lograr un éxito futuro: ¿pero qué culpa tenemos exactamente? ¿En qué consiste ese éxito prometido? ¿Cuál es el examen? ¿Qué ganamos exactamete si lo aprobamos? La familiaridad de la comparación nos hace olvidar el duro contraste con el objeto que compara, la dolorosa realidad: la gente no se suicida por no hacer los deberes, sino porque la desahucian de su casa.

Oímos a muchos periodistas preguntarse porqué Rajoy no habla de “rescate”, o porqué Montoro no dice “amnistía fiscal”. La respuesta es clara: construimos nuestra realidad a través del lenguaje, por lo que negarle el nombre a un determinado hecho supone negarle su realidad: si no lo nombro no existe, y si logro que los demás dejen de nombrarlo dejará de ser percibido con la connotación negativa que le da su nombre. Es decir, que dejará de existir como tal. El lenguaje, desde este punto de vista, es el arma y también el campo de batalla. Lo que está en juego es la realidad compartida por todos y la posibilidad de entendernos cuando hablamos de lo que más importa.

Vamos, ¡que hay que hablar bien, joder!

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2 respuestas a Las guerras del lenguaje, o la importancia de decir las cosas

  1. nedeltoga dijo:

    Me gusta mucho Mario!! un trabajazo de reflexión de los que tanto hacen falta hoy en día!!

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