David Foster Wallace

Bueno basta. Me van a permitir un post sobre una lectura veraniega de esas que se te quedan: Hablemos de langostas, de David Foster Wallace. Se trata de un autor del que se habla bastante en internet (¿porqué los correctores de Word y de WordPress te obligan a escribir “Internet” así, con mayúsculas?) y está considerado uno de los principales exponentes de la novela contemporánea norteamericana, junto con Jonathan Franzen y Don DeLillo y alguno más. Ya se le cataloga (porque somos mucho de catalogar) como hijo de Thomas Pynchon y padre de Jonathan Safran Foer y, encima, se ahorcó con 46 años de edad, con lo que ya se imaginan el nivel de reverencia e idolatría. Vamos, que hay que leerlo.

Como soy contrahecho no he comprado una novela, sino una recopilación de artículos periodísticos titulada Hablemos de langostas. La temática es más bien heterogénea: uno te habla de Kafka, otro de los premios anuales de la academia americana de cine porno, otro de la campaña de John Mc Cain a las primarias del partido republicano, otro de una biografía de Dostoievski y así. Sin embargo, una serie de constantes temáticas recorren todo el libro y, sospecho, la obra de este novelista. Una es la imposibilidad hoy en día de tomarse en serio los Grandes Temas de la naturaleza humana, los valores e ideales que van más allá del reducido círculo de nuestros intereses egoístas. ¿Ven? Sólo hablar de “valores e ideales” ya da como repelús, uno piensa: “¿qué rollo me va a soltar este y con qué aviesas intenciones?”. Pues lo mismo le ocurría a Foster Wallace, y se preguntaba porqué.

David Foster Wallace

Foster Wallace con dos fans un poco inquietantes (Wikimedia)

Mc Cain, por ejemplo, es un candidato cuyas ideas el autor no comparte en absoluto. Sin embargo, le fascina su capacidad para hablar de “causas más elevadas que el interés personal” sin despertar una reacción de rechazo cínico entre el auditorio más joven. Le impresiona la cercanía del candidato, o mejor dicho, el hecho de que transmita una imagen de cercanía que no es percibida como “imagen de cercanía” (ideada por un equipo de asesores de imagen), sino que es real. Wallace no puede dejar de preguntarse si se trata de una ultra-cínica y sutil estrategia publicitaria, o de una simple realidad que un intelectual-tipo como él no es capaz de asimilar. Y eso porque el “intelectual-tipo” ya no es capaz de percibir “la realidad” sin más: necesita cubrirla de una pátina de ironía o escepticismo o ambas cosas, especialmente cuando parece apelar a valores e ideales que trascienden la mera esfera individual. El problema no es Mc Cain, es el propio Wallace.

Esto tiene implicaciones estéticas y literarias, que Wallace pone de relieve cuando comenta la biografía de Dostoievski escrita por Joseph Frank. Dice:

La biografía de Frank nos hace preguntarnos por qué parece que en nuestro arte necesitemos distanciarnos mediante la ironía de las convicciones profundas o de las preguntas desesperadas, de forma que los escritores contemporáneos tienen que convertirlas en bromas o bien intentar abordarlas bajo el disfraz de algo como la cita intertextual o la yuxtaposición incongruente.

Este alejamiento de los Grandes Temas hace que nuestra literatura esté lastrada por una pobreza temática inevitable.  Para Wallace dos incidentes en la historia de la literatura han propiciado esta situación:

1) Los viejos modernistas elevaron la estética (el estilo) al nivel de la ética (el contenido), motivo por el que “todas las Novelas Serias después de Joyce suelen ser valoradas y estudiadas por su grado de innovación formal”, dejando de lado las grandes cuestiones.

2) El posmodernismo (sea lo que sea) y la teoría literaria han impuesto a los novelistas “el requerimiento de la conciencia textual de uno mismo”. Es decir, que eso del narrador omnisciente en tercera persona ya no puede ser de ningún modo Literatura Seria: el autor tiene que mostrarse consciente de su condición de narrador, de la manipulación a que somete a sus personajes, etc. Ya saben: para ser postmoderno hay que usar intertextualidad y metalenguajes a tutiplén.

Portada edición española de Hablemos de Langostas. David Foster WallaceAhora es cuando ustedes sospechan que todo esto no es más que un truco para hablar por enésima vez de… la novela post-postmoderna (¡chachachán!). Así es, pero les juro que no era mi intención. Abro sólo un pequeño paréntesis: la consecuencia que Foster Wallace saca de todo esto es que hoy en día “la Literatura Seria ha de estar distanciada de la vida real”. Y la gran pregunta que me hago (es un decir) es: ¿supone la NP-P una vuelta de tuerca más en este distanciamiento o encarna, en cambio, el regreso a la realidad negada por el postmodernismo? Se trata, claro, de una realidad extraña como sólo la nuestra sabe serlo, bastante más difuminada e incierta que la de Galdós, pero realidad al fin y al cabo ¿no? ¿Supondrá, entonces, la NP-P el retorno de la literatura a los Grandes Temas, la posibilidad de apagar el “modo irónico” que llevamos siempre encendido? No creo que Wallace fuera ajeno a estas cuestiones: el ultimo artículo del libro, por ejemplo, convierte las notas a pie de página en una especie de enlaces a hipertextos bidimensionales (vamos, que la página está llena de flechitas y cuadritos de texto), lo que parece un remedo de post-postmodernismo (no sé ni si existe el término).

Bueno, cierro paréntesis: el caso es que si pasamos de las Novelas Serias a las Vidas Cotidianas notamos que el efecto es el mismo: nosotros también nos distanciamos de la realidad (esa de la que hablan los Grandes Temas, no el simulacro en el que vivimos sumergidos la mayor parte del tiempo). El motivo: nuestro escepticismo congénito hacia la gente que nos habla de ellos. La gente convencida de sí misma nos da cosica, el entusiasmo generalizado nos despierta deconfianza y ese tío tan simpátio cierta inquietud: “¿qué me quiere vender este tío?”, “a ver por dónde me la cuela”, “no se puede ser así en realidad“. No sé, por lo menos a mí me pasa. Consideramos la ideología como el campo propio de los vendedores que buscan siempre sacarnos algo. La misma palabra “ideología” ya tiene cierta connotación negativa. Por eso nos hemos vuelto demasiado cínicos como para tomarnos en serio los Grandes Temas.

Wallace se pregunta si no será culpa nuestra, por haber abandonado el terreno de juego en manos de fundamentalistas religiosos, teóricos de la conspiración y fanáticos de lo políticamente correcto. Yo añadiría que la publicidad, la mercadotecnia y las estrategias de comunicación nos han despojado de la posibilidad de tomar los Grandes Temas de manera abierta, sin ningún tipo de mediación cínica: si viene alguien enarbolando “causas más elevadas que el interés personal” desconfiamos de manera automática, buscamos qué se esconde detrás y, normalmente, lo encontramos. Por eso la literatura de hoy en día sólo puede hablar sin ironía de causas más bien bajas, de antihéroes y gente ocupada en sus pequeñas miserias.

Supongo que a Wallace le decepcionaba esta literatura y se preguntaba si valía la pena vivir en un mundo así.

[Los pasajes que cito están en David Foster Wallace, Hablemos de langostas (trad. de Javier Calvo), Debolsillo 2009, p. 334 y ss. Un par de enlaces interesantes sobre el escritor: aquí la reseña de Hablemos de langostas de Rodrigo Fresán para la revista digital Letras Libres; aquí la entrada que el blog El lamento de Portnoy dedica a Extinción, la última antología de relatos de Wallace]

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3 respuestas a David Foster Wallace

  1. tu post es fantástico, me gusta.

  2. Juan dijo:

    Te recomiendo apasionadamente La broma infinita. Tiene mucho que ver con el título de tu blog. 🙂

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