“El mar quiere higos”, o la vida secreta de las metáforas

Imaginen una conversación tal que así:

– hombre Juan, cuánto tiempo sin verte
– pues sí, ya ves…
– ¿Qué es de tu vida? Cuenta, cuenta.
– Bueno, he estado un año vagabundeando por Sudamérica
– ¿Pero tú no estabas trabajando en una aseguradora?
– Sí, pero lo dejé…
– Ah. ¿Y Susana también ha ido contigo?
– No, ahí fue ella la que me dejó…
– Vaya… ¿y ahora qué? has decidido quedarte en el pueblo y sentar la cabeza ¿eh?
– Pues no sé. Creo que el mar quiere higos…
– ¿Qué?
– Que el mar quiere higos… lo dijo Goethe una vez y…
– Claro claro (pobre chaval, se ha trastornado con lo de Susana). Bueno que me tengo que ir. Ya si eso ya eso…
– Si, ya…
– ¡Venga hasta luego! (se aleja frenéticamente)

¿Mal, no? Claro, no se pueden usar las metáforas así, sin ton ni son. Yo quería escribir hoy sobre un montón de cosas sesudas y sumamente importantes, pero no me quito de la cabeza la imagen de un mar hambriento de higos. La culpa es de Hans Blumenberg, inventor de la metaforología. Les cuento la historia.

Hans Blumenberg pensando en sus cosas de filósofo

Un buen día de 1812 un señor llamado Karl Friedrich Zelter cuenta en una carta a Goethe que su hijo acaba de quitarse la vida por culpa de una promesa de matrimonio que no había podido cumplir (el romanticismo alemán era así). Goethe le consuela a su manera: no le dice “la vida es así”, “no somos nada”, “hay que seguir adelante” y tal, porque para él la consolación está en el relato, en la forma que tienen de contar su desventura aquellos que, tras un peligroso naufragio vital, han regresado a la playa con vida. Nos consuelan sus cuentos:

Así son todas las historias de marineros y pescadores –concluye el poeta. Tras la borrasca nocturna, se gana la orilla, el náufrago empapado en agua se seca y, a la mañana siguiente, cuando se alza el sol majestuoso sobre las centelleantes olas, el mar vuelve a tener hambre de higos.

Blumenberg no ve improbable que el pobre señor Zelter, leyendo la respuesta de Goethe, haya pensado para sus adentros:

Marineros y pescadores, hambre de higos… ¿¡What the fuck!?

¿De dónde saca Goethe esto de los higos? Para saberlo se hace necesario retroceder en el tiempo hasta la publicación de los Adagia de Erasmo de Rotterdam, una recopilación de máximas e historias edificantes, género muy en boga durante los siglos XVI y XVII. En ellos, bajo el título Siculus mare, el humanista holandés cuenta la historia de un comerciante de Sicilia que, embarcado con un cargamento de higos para su venta, sufre un repentino naufragio; arribado a la orilla de puro milagro ve ante sí el mar de nuevo en calma y apacible, lo que le tienta a emprender nuevas aventuras. Pero ahora está ya inmunizado contra el todo o nada de la aventura. Su negativa a dejarse seducir por el mar la expresa gritándole:

Ya sé lo que quieres; ¡tú quieres higos!

Goethe conocía bien la obra de Erasmo, que bien pudiera haberle servido de inspiración para componer un poema que jamás publicó y que utiliza, de nuevo, la misma expresión. El poema empieza con los versos “en el crepúsculo del atardecer, están calmos la mar y el cielo…”, y narra la historia de dos hermanos, uno de los cuales se queda en casa para aumentar su hacienda mientras el otro huye para buscar la aventura del dinero fácil en el mar. En el poema, el que se queda sigue con la mirada al hermano que zarpa y, antes de volver a su rutina sedentaria, medita sobre el incierto porvenir que le depara el destino, pues puede ganarlo todo o perderlo todo: “ahora, tuya será la ganancia, y tuya también la pérdida”. Antes le había advertido:

Vuelve al mar, que quiere de nuevo higos

La separación de destinos de los hermanos o los amigos es un topos literario, un motivo que se repite desde los inicios mismos de la literatura europea. A mí me hace recordar Narciso y Goldmundo, la espléndida obra de Hermann Hesse, si bien el motivo lo hallamos ya en Los trabajos y los días de Hesíodo. El naufragio del hermano representa ahí el castigo divino por la transgresión de los límites entre mar y tierra por parte del hombre, lo que constituye el presupuesto implícito del poema de Goethe.

Éste, sin embargo, encuentra su correspondencia más precisa con otra obra: se trata de una fábula de Esopo en la que se ve a un pastor acercarse casualmente con su rebaño a la costa para contemplar fascinado el mar en calma. El pastor siente entonces el deseo de hacerse a la mar; vende sus ovejas e invierte la suma en un cargamento de dátiles, con el cual se embarca para naufragar poco después bajo una tormenta. Tras llegar de nuevo a tierra firme vuelve a contemplar, días después, el mar en calma, cuando se acerca otro hombre maravillado por la serenidad del mar. El pastor no puede evitar la brusca advertencia:

¡De nuevo tiene hambre de dátiles!

La moraleja de la fábula viene a decir que las pasiones se convierten, para quien está dispuesto a aprender, en lecciones. Goethe parece referirse a esto cuando vincula en su carta la muerte del hijo de Zelter con la juventud alemana, dispuesta a repetir los mismos errores del pasado ante la revolución napoleónica. Zelter se debió quedar un poco a cuadros, claro. Concluye Blumenberg:

Goethe no solo redujo la pastoral esópica a la fórmula de Erasmo sino que, sobre todo, transformó las palabras del pastor en expresión de la resignación ante el retorno de lo idéntico: no se aprende nada de la experienca, nada de la historia, como no se aprendió nada del Werther. Cada nueva mañana, cada nueva generación se enfrenta a las mismas seducciones de la lejanía y la aventura, del beneficio y el gozo, cuya metáfora es el hambre de higos del mar.

El hilo de la metáfora nos lleva a plantearnos muchas cuestiones: ¿estamos condenados a naufragar? ¿aprendemos de nuestros errores, o es el errar lo que nos hace más humanos (“equivocarse más, equivocarse mejor”, que decía Beckett)? ¿sirve de algo la experiencia (la propia y la transmitida por otros)? ¿a cuánto iba el kilo de dátiles en la antigua Grecia?

Cada pequeña variación de la fábula permite dar una interpretación y un significado diversos a la propia experiencia, y nos decantaremos más por una u otra dependiendo de nuestra propia historia, carácter, personalidad, momento. Una metáfora tan aparentemente trivial como la de un mar hambriento de higos nos cuenta, en el fondo, a nosotros mismos: nuestras cicatrices y nuestros sueños. Nos contamos a través de nuestras metáforas y nos conocemos mejor aprendiendo su historia: la vida secreta de las metáforas.

[La historia del mar hambriento de higos la cuenta Hans Blumenberg en La inquietud que atraviesa el río. Ensayo sobre la metáfora. Traducción de jorge Vigil. Barcelona, Península, 2001, páginas 22-31. La metáfora del mar y el naufragio recorre el libro por entero, que complementa su obra anterior Naufragio con espectador. Paradigma de una metáfora de la existencia. Madrid, Visor, 1995. La metaforología es, a grandes rasgos, la idea según la cual la metáfora y el mito no forman parte de ningún tipo de pensamiento pre-científico, sino que son el instrumento de que se sirve el hombre para dotar de sentido a aquellas partes de la realidad de las que un pensamiento racional-científico no puede dar cuenta. Una buena introducción a su pensamiento aquí mismo (artículo en pdf). Aquí, además, un grupo de Facebook que reclama la agüesomidad de Blumenberg. Claro que sí].

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